las análisis y los ensayos + Nora Habed - 2008 Octubre 04
LOS JÓVENES LATINOAMERICANOS Y EL SISTEMA NEOLIBERAL GLOBALIZADO
No podemos hablar de los jóvenes como si fueran categorías absolutas. No existe la juventud latinoamericana en abstracto, existen infancias y juventudes insertadas en determinados contextos territoriales y socio-culturales, que comparten algunas características, una de las principales, la de ser sustancialmente excluidas del sistema económico y político imperante, tanto en el Norte como en el Sur del mundo.
Partir de un enfoque alternativo de lo que es la adolescencia y/o juventud en América Latina, es tratar de comprender las distintas etapas de la vida en ambientes socio-culturales, socio-económicos y socio-lingüísticos diferentes, en el respeto profundo de nuestras poblaciones indígenas, afro-descendientes, mestizas y criollas. Es decir, comprender la problemática de nuestros jóvenes partiendo de la diversidad. Es también partir reivindicando no tanto criterios de igualdad, cuanto de equidad.
Nuestras raíces indígenas
No todos tenemos la misma cosmovisión de las etapas de la vida. Todavía hoy, en muchas comunidades de nuestra región algunos ritos marcan el pasaje de una etapa de la vida a otra. Por ejemplo, en las comunidades andinas, el primer corte de cabello marca el paso de infante a niño y para la mayor parte de nuestras comunidades indígenas, el ser niño o joven se diferencia sobre todo en la medida en que éstos aprenden a ser parte activa de su comunidad y sobre cómo construyen relaciones con sus miembros. Es decir, es a partir de la participación a la vida comunitaria en la que cada miembro se compromete cada vez más, que marca las etapas del desarrollo.
La presencia indígena en Latinoamérica, calculada entre los 40 y 50 millones, se distribuye de manera variada en los distintos países y en algunas áreas, son la mayoría de la población. Los indígenas constituyen más de un cuarto de la población latinoamericana que habita en el medio rural y en cinco países son la mayoría: Perú, México, Guatemala, Bolivia y Ecuador. En ellos se concentra entre el 70% y el 90% de pueblos indígenas de toda la región. (UNESCO, 2003).
Nuestro continente está habitado por más de 500 millones de latinoamericanos, de los cuales, el 60% son menores de 30 años y de éstos, casi el 40% son jóvenes que viven en la pobreza. Esto significa que una población consistente vive bajo riesgo de deserción escolar, maternidad de adolescentes, desempleo, adicción a drogas o a problemas con las autoridades. Pero la pobreza se concentra ahí donde hay una mayor población indígena. Por ejemplo, en México, más del 80% de la población en los municipios indígenas es pobre; en Guatemala lo es el 87%, en el Perú, el 79%, y en Bolivia el 65%. (UNICEF 2003)
Los indicadores educativos también caracterizan socialmente a los pueblos indígenas: Guatemala muestra tasas de repetición de 90% entre alumnos indígenas en primaria;
en Bolivia, un niño de habla indígena tiene el doble de probabilidades de repetir que un educando que sólo habla el castellano, y según las estadísticas generales, los indígenas tienen tres años de escolaridad menos que los no indígenas. (UNESCO 2003)
Como se puede apreciar los indígenas son los más pobres de los pobres de la región y aunque las cosas estén cambiando, son las mujeres las más discriminadas. Así la niña indígena puede padecer una doble o triple discriminación: por ser indígena, por ser mujer y por ser menor de edad.
Vivimos en tiempos de paz, pero en Latinoamérica y el Caribe, la violencia se encuentra entre las cinco causas principales de muerte y es la causa principal de muerte en Brasil, Colombia, Venezuela, El Salvador y México. Vivimos en la región donde ocurre el 42% de los homicidios del mundo. Hay además, dos tipos nuevos de violencia que emergen: la violencia relacionada con pandillas y drogas, y la violencia en las escuelas. (UNICEF 2008). Otro problema en la región es el aumento de los casos de jóvenes que viven con VIH/sida: se calcula una cifra de 740.000 adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años.
En este contexto regional, qué tipo de juventud emerge? Muchos estudios afirman que los jóvenes comparten tres características fundamentales: la vida de grupo, la formación de la identidad y la búsqueda de la independencia. El mismo Banco Mundial, en un informe sobre las políticas dirigidas a los jóvenes “El potencial de la juventud” (2007), defendiendo sus propios intereses, reconoce la situación específica de la juventud marginada. Su preocupación es sobre los jóvenes que viven en situación de riesgo (1 de 2 en A.L.) ya que si no se encuentran alternativas válidas, la situación de inestabilidad en el continente tenderá a aumentar debido también al aumento poblacional de la juventud.
A menudo se tiende a analizar el problema de los jóvenes como una crisis de identidad. Es cierto que existe esta crisis de identidad, y no sólo en los jóvenes, también en el mundo adulto, pero ésta no es la causa, es la consecuencia de un desarrollo perverso de la economía de mercado, de la inserción laboral (jóvenes y adultos) y pérdida de un estatus, de la falta de protagonismo social en las decisiones políticas, de la publicidad mediática que transmite la aspiración a modelos ajenos a la cultura latinoamericana, de la pérdida de valores y sentimiento de solidaridad.
Crisis de identidades
Una de las primeras causas de estas crisis de identidad la constituye la migración.
En Latinoamérica, junto al desarrollo de una economía capitalista, a partir de los años 60, se empiezan a percibir en la región, migraciones del campo a la ciudad, con el consecuente crecimiento de barrios y colonias marginales destruyendo formas de vida tradicionales sin la alternativa de crear bases de una existencia estable en la ciudad.
En los años 80, a causa de las guerras, desempleo, inestabilidad política y social, en el continente aumenta el fenómeno de la migración hacia otros países (latinoamericanos y Estados Unidos, principalmente). Sucesivamente, la migración latinoamericana verte también hacia los países europeos, España principalmente, donde por ejemplo, se encuentran muchos peruanos y ecuatorianos a causa de la crisis económica que viven en el propio país. La migración obedece también a razones político-militares —de predominio interno—, como es el caso del desplazamiento forzado en Colombia, a consecuencia de la intensificación del conflicto armado. Entre 1985-1999 fueron obligados a desplazarse 1 600 000 personas, de las cuales más de un millón (alrededor del 70%) son menores de edad.
La migración por razones económicas y los desplazamientos forzados crean una desmembración de las familias, interrumpiendo de manera a veces dramática, el proceso de socialización primaria, muy importante sobre todo en las comunidades indígenas, donde es la comunidad que participa en la transmisión de las tradiciones y valores culturales y el sentido de pertenencia. Las comunidades indígenas tienden a integrar a los niños y niñas, en la medida de sus posibilidades, a las actividades de los adultos. A través de la imitación en las labores cotidianas colectivas y el juego, los niños aprenden a ser miembros de la familia y la comunidad. Es un mecanismo ancestral que sigue el proceso “Haciendo, haciendo, mirando, mirando y jugando, jugando”. Es una vida esencialmente comunitaria, donde también se aprende el respeto por la naturaleza porque es una visión global de la vida donde está todo en conexión: la tierra, la naturaleza, la colectividad y el trabajo. Cada miembro de esta colectividad se siente útil y responsable.
Cuando se produce la migración, también el trabajo adquiere un valor diferente porque se pierde la práctica social ancestral del trabajo comunitario y la ayuda mutua y el trabajo se transforma en un medio de subsistencia alienante. Se van creando nuevos procesos de subordinación y dependencia a otros modelos culturales, considerados hegemónicos, no comprensibles ni fácilmente asimilables, al menos que no se reniegue o subestime el propio. Nacen nuevas necesidades y se entra en un círculo vicioso de relaciones desiguales donde la vida comunitaria y familiar ha cambiado radicalmente.
Migrando a la ciudad, muchos indígenas se ven forzados a ejercer la mendicidad, como el caso de los emigrantes económicos potosinos en las principales ciudades de Bolivia; a
dedicarse al comercio ambulante, como muchos quichuas en Guayaquil y Quito, y a trabajar en fábricas clandestinas, como ocurre con muchos emigrantes indígenas bolivianos en Buenos Aires y San Pablo. Es usual también que muchos indígenas se dediquen al servicio doméstico en ciudades como Lima, Ciudad de Guatemala, México D.F., y muchas otras ciudades latinoamericanas.
Son numerosos los casos de niñas y jóvenes que son trasladadas del campo a la ciudad y que son entregadas por sus padres a parientes, padrinos o incluso a extraños, con el fin de que aprendan el castellano y se apropien de nuevas competencias que les permitan vivir en la ciudad, a cambio de vivienda y alimentación y, a veces, también de un salario mensual. En otros casos, las migraciones son motivadas por las necesidades familiares y las niñas y jóvenes envían parte de sus magros salarios a los familiares que se quedaron en el campo. Estas situaciones no sólo conllevan a la interrupción de la escolaridad, sino también a la explotación laboral de las niñas y jóvenes. Hay evidencias que confirman que las adolescentes que prestan servicios domésticos sufren en ocasiones vejaciones sexuales por parte de los hombres de las casas en las que sirven (Cf. UNICEF 2003).
Proporcional al fenómeno migratorio, también ha crecido el número de los niños, niñas y jóvenes de la calle. Las investigaciones realizadas por el Prof. Gérard Lutte en Ciudad de Guatemala sobre las historias de vida de las y los jóvenes que viven en la calle, amplían las reflexiones sobre este preocupante fenómeno, derivado de la profunda injusticia social de fondo que se vive en el continente latinoamericano. Según estos estudios, “el número de los muchachos y muchachas de la calle ha crecido notablemente en los últimos años no sólo a causa del desarrollo de la economía de mercado, sino también en consecuencia al conflicto armado y al genocidio de los indígenas en los años ochenta que provocaron una emigración interna sobre todo hacia la capital, con la creación de un centenar de barrios miserables alrededor de ella”.
Nuevas organizaciones juveniles y culturas alternativas de sobrevivencia
A partir de los años 60, con los fenómenos de la migración del campo a la ciudad y con el consecuente aumento de asentamientos en barrios marginales de las grandes ciudades, surgen grupos juveniles con características propias que, según el país donde residen, se llaman pandilleros, chavos, bandas, cholos, mareros, chapulines. Generalmente, estos grupos se radican en el vecindario de origen y no son considerados fenómenos sociales preocupantes. Es a partir de los años 90, que en Centroamérica empiezan a ser considerados como un problema de seguridad ciudadana. Se habla de pandillas en Nicaragua, y de maras en El Salvador, Guatemala y Honduras. La cifra asciende a alrededor de 300.000 jóvenes organizados. Los jóvenes a través de estas organizaciones, desafían de manera destructiva, una sociedad que les niega reconocimiento y participación. Lamentablemente, la mayor parte de las medidas por parte de los estados han sido también represivas, militares, sin modificar las causas de fondo.
Para las muchachas y muchachos de la calle, ésta es una alternativa de vida y de sobrevivencia. Los jóvenes escogen generalmente el centro de la ciudad, dando visibilidad a su condición de jóvenes marginados. Ocupando estos espacios públicos, desafían continuamente la imagen social que en cambio los gobiernos quieren preservar. Son por esto comunes, en América Latina, los actos de “limpieza social”: 2.000 niños y adolescentes eliminados entre el 1998 al 2003 en Honduras, centenares en Guatemala, en Brasil, en sólo dos años (1988-1990), más de 4 mil niños y adolescentes, en Colombia, una media de 5 niños al día.
Estos jóvenes se diferencian de las maras o pandillas por ser igualmente rebeldes pero no practican la violencia; no buscan el predominio en el territorio; viven en grupos “anárquicos” sin líderes; viven en la calle sea de día que de noche. Contrariamente a las maras que conservan vínculos con la familia de origen, los jóvenes de la calle, en su mayoría, rompen estos vínculos de manera radical. Para ellos es aún más importante el sentido del grupo porque es ahí donde encuentran su nueva familia con valores no reconocidos por sus familias de origen: el sentido de pertenencia, reconocimiento, solidaridad, estima, ayuda recíproca. Igualmente a las maras, el compartir una vida de grupo, es muy significativo ya que adquieren un estatus social, un protagonismo antes negado.
Según un análisis de “Demoscopía” (Octubre 2007) sobre qué es lo que estimula a un joven a entrar en una pandilla, el informe coincide con otros estudios: los jóvenes encuentran en estas organizaciones juveniles, el reconocimiento y la autonomía, además de protección, solidaridad, mayor confianza, madurez y cariño. La edad de ingreso a la pandilla coincide con la búsqueda de identificación de la persona y la pertenencia a un grupo de pares.
El informe de Demoscopía también señala lo que algunos autores mantienen que la globalización de los elementos culturales asociados a las pandillas, se han convertido en un recurso de resistencia, en una identidad cultural alternativa para las poblaciones de gente joven marginada, de la misma forma que en otros contextos el radicalismo religioso ha ofrecido este tipo de identidades culturales alternativas.
La “cultura de la violencia” de las maras y pandillas, son un reflejo de la violencia estructural extendida y practicada por todas partes en América Latina.
Crisis de relaciones
Antes de unirse a una pandilla, o irse a vivir a la calle, muchos jóvenes han ya pasado por experiencias de violencia sufrida: maltrato en la familia, alcoholismo y abandono de los padres, amenazas e insultos en el hogar. Según una encuesta, en El Salvador, el 80% de los mareros fue maltratado cuando niño. Pero esta explicación no es suficiente. Según un estudio de AVANCSO (Envío, 2002), lo que más resienten, es el comportamiento angustioso e inseguro de los adultos, la imposibilidad de comunicarse con ellos y de poder desarrollar una relación de confianza.
No hay una única explicación sobre el comportamiento violento. Algunos factores como la pobreza, la situación familiar, la falta de escuela y trabajo o la violencia que sufren los jóvenes, inciden en comportamientos violentos, pero también muchos jóvenes pobres y sin educación no son violentos, mientras que otros menos pobres y con algún nivel educativo si lo son. En un estudio de la Cruz Roja hondureña (2003), señala que es fundamental para explicar la violencia juvenil “la calidad de las relaciones sociales que construye el joven, a la que contribuye tanto la situación económica y educativa, así como su experiencia vivencial, De la forma como se desarrolle, entre otras, la relación con su entorno afectivo con sus patrones de referencia y con su espacio privado y público”.
De manera semejante, llega a conclusiones un estudio de la UCA en el 2004 que muestra cómo un capital social fuerte (confianza interpersonal, ayuda recíproca, participación comunitaria y un sentido de pertenencia) impide el surgimiento de pandillas, de sus redes y de su organización en la comunidad.
A menudo los jóvenes no encuentras relaciones constructivas, no sólo en su ambiente familiar, sino también en el social: en la escuela se sientes discriminados y menospreciados por docentes sobrecargados de trabajo y mal pagados; el trabajo, si lo encuentran, es precario, mal pagado y sin perspectivas de futuro. Viven por esto, una serie de frustraciones repetidas en el tiempo que lógicamente crea una crisis existencial.
Pero si los adolescentes y jóvenes de hoy día se encuentran en crisis, es porque también la generación de sus padres lo está. Vivimos en una sociedad de crisis de relaciones que deja muchos vacíos afectivos. El sentido de familia ha perdido peso en los conglomerados urbanos y los niños/as y adolescentes crecen sustancialmente solos debido a una serie de factores: pérdida de una identidad comunitaria, padres ausentes que necesitan trabajar para la subsistencia de la familia, falta de figuras adultas positivas en el entorno, barrios-dormitorio carentes de espacios públicos de socialización, visión excesiva de la televisión con propuestas de anti-valores. Miles de adolescentes latinoamericanos han crecido, más allá de una relación entre pares, con carencias de una relación intergeneracional donde recibir los valores, afectos, modelos de relación positivos.
Vacíos en los valores
En una visión dinámica de las relaciones intergeneracionales, los jóvenes latinoamericanos se encuentran con una generación de padres que hoy día, está en la generación de en medio como puente entre la generación de los abuelos y la nueva generación. Esta generación de en medio, respecto a las precedentes, es la que ha pasado, en el tiempo, por mayores crisis y cambios por la misma situación socio-política del continente latinoamericano. Fue en su época juvenil, protagonista junto a jóvenes de otros continentes, de nuevos valores y grandes ideales, utopías por las que luchó. Los resultados se han visto, o mejor dicho, lo ven los jóvenes: revoluciones fallidas, dictaduras sangrientas, etnocidios y genocidios, gobiernos con altos índices de corrupción, inestabilidad laboral, escasas reformas agrarias, acumulación del capital en manos a pocos, aumento de la brecha social entre ricos y pobres y entre los incluidos y los excluidos del sistema. Los jóvenes hoy en día, hacen parte en su mayoría, de esta exclusión.
Por el peso político que tiene en gran parte del continente latinoamericano, esta generación de en medio resiente, sobre todo en las clases medio-altas latinoamericanas, de los valores transmitidos por la era de la globalización y de la economía del consumo: enriquecerse y adquirir bienes de consumo caros para adquirir un estatus social donde competir; contrariamente a los valores de solidaridad, vida de relaciones entre familiares, amigos y vecinos, un espacio social importante que caracterizaba las sociedades latinoamericanas. Vivimos en la era de la comunicación, pero es cuando más se sufre por falta de comunicación que pasa a través de una verdadera relación. Consecuentemente, niños, niñas y adolescentes cada vez más solos, con un mundo adulto que va perdiendo su capacidad de ser un punto de referencia estable para las nuevas generaciones.
En América Latina, la mayor parte de las agrupaciones juveniles (culturales, deportivas, religiosas, políticas), son fragmentadas, con poca incidencia en las políticas de los gobiernos. Son numerosas las agrupaciones espontáneas, que buscan la diversión o un espacio para ocupar el tiempo libre. Las pandillas, que son una excepción, son temas de agenda en las políticas públicas y los gobiernos latinoamericanos están más preocupados al problema de la seguridad ciudadana con el control social de los jóvenes para evitar comportamientos violentos, que incidir en las causas que llevan a los jóvenes a reaccionar y organizarse de manera violenta.
En esta diversidad de mundos juveniles donde los vacíos afectivos y sociales son amplios, abundan las discotecas y centros de recreación para los jóvenes que se lo pueden permitir, donde se asiste no para compartir una reflexión y una compañía, sino para probar la emoción pasajera y efímera del momento que pasa a través de la música, el sexo, el alcohol, las drogas. Esto, tanto en el Norte cuanto en el Sur del mundo.
Por un protagonismo responsable
Pareciera que el panorama juvenil latinoamericano que emerge fuera de adolescentes o jóvenes marginados en una condición de subordinación, incapaces de tomar decisiones y responsabilidades. La historia de nuestras poblaciones indígenas nos da otras pistas, así como las de organizaciones juveniles que toman conciencia de su propia condición.
El continente latinoamericano es esencialmente joven y socialmente pobre. Pero cuando los pobres toman conciencia de su condición y empiezan a organizarse para cambiar estos mecanismos de explotación, es cuando inicia su proceso de liberación. Lo demuestra la revolución sandinista de Nicaragua en el 1979, realizada esencialmente por jóvenes y lo demuestra la campaña de alfabetización que se realizó en 1980 donde fueron ellos los que se activaron en todo el país para reducir la tasa de analfabetismo al 13%.
Igualmente, los niños, niñas, adolescentes y jóvenes latinoamericanos, han demostrado partiendo de su propia experiencia de vida y de trabajo, que es posible organizarse para decidir por ellos mismos sobre qué derechos y qué futuro construir. Es un ejemplo, el nacimiento del Manthoc en el Perú en el 1976 donde es reconocida la identidad social de los niños, niñas y adolescentes trabajadores.
Esta perspectiva considera que asumiendo responsabilidades sociales y económicas, los niños y adolescentes desarrollan su conciencia, identidad y derechos en la sociedad.
Otros movimientos semejantes se han ido desarrollando en Bolivia, Colombia, México, Argentina, Paraguay, Brasil y Centro América.
Otra experiencia significativa es la que está llevando adelante el Movimiento de Jóvenes de la Calle (MOJOCA) nacido en el 1996 en Ciudad de Guatemala. En el movimiento, son los mismos jóvenes, los más excluidos entre los excluidos del sistema, lo que empiezan a elaborar y decidir sobre sus propios proyectos de vida, construidos con el acompañamiento de los adultos. Un proyecto pedagógico, de liberación, que nace en un contexto de violencia. Sobre este tema me dedicaré en mi segunda intervención.
Ser inactivos, pasivos, desinteresados al entorno, o violentos, no es una condición juvenil, es el fruto de los mecanismos sociales, políticos y económicos que llevan a los jóvenes a un estatus o condición de subordinación que permite que el sistema existente pueda continuar a reproducirse y a crear un sistema de exclusión de las inmensas mayorías, no sólo de jóvenes.
Extrañamente, en el imaginario colectivo de nuestro sistema globalizado, si bien consideramos más inteligentes estas nuevas generaciones, contradictoriamente las consideramos poco capaces de realizar opciones sensatas, hacer sacrificios, asumirse la propia responsabilidad y por esto seguimos pensando y haciendo propuestas, olvidándonos que son los mismos jóvenes que deberían pensar y proponer alternativas posibles. Esta es uno de las grandes contradicciones de los tiempos que vivimos porque creamos un círculo vicioso malsano ya que a los jóvenes no les damos la oportunidad de asumirse la propia responsabilidad.
Tenemos mucho que aprender de nuestras raíces indígenas para encontrar una respuesta a nuevos modelos de desarrollo donde podamos recuperar los valores de solidaridad y equidad; del sentido de lo colectivo frente al individualismo, donde los niños, niñas, jóvenes, adultos y ancianos, forman una única comunidad basada en el respeto y reconocimiento recíproco de cada una y uno; de llegar a acuerdos por consenso frente al autoritarismo y la imposición; del respeto a la naturaleza y sus recursos frente a su uso indiscriminado y violento, porque la naturaleza y la tierra son como la madre de donde los seres humanos venimos – la Pachamama o madre tierra o espacio-tiempo de las sociedades andinas – donde es nuestro deber conservarla para nuestras futuras generaciones.
Nora Habed