las análisis y los ensayos + Gérard Lutte - 2008 Octubre 04
VIOLENCIA GLOBAL CONTRA LOS JÓVENES
Les agradezco por haberme invitado a este seminario internacional con personas que están trabajando con adolescentes excluidos porque estoy convencido que una ciencia de liberación de los jóvenes se puede construir sólo en una relación dialéctica con una praxis de liberación.
Hace unos diez años, Alejandro Cussianovich, fundador del Manthoc en Perú, me decía: “El problema que será más preocupante en las próximas décadas, es el de las pandillas juveniles”. Alejandro tenía razón. En muchos países, las pandillas o las maras se han vuelto un problema extremamente alarmante por la violencia que sufren los jóvenes y la que algunos de ellos ejercen sobre la población. En algunos países, existe ya como una guerra entre el Estado y estas bandas.
Considero la adolescencia como el período de la vida que se extiende entre la fase de dependencia de la niñez y la edad adulta, caracterizada por el trabajo, la formación de una familia y los derechos de los adultos. De manera muy aproximada se podría decir, entre los 13-14 años y los 18-30 y más: en muchas sociedades está siempre más atrasada la entrada a la vida adulta. Entonces, no hago diferencia entre adolescencia y juventud o entre adolescentes y jóvenes.
No es posible, en una breve intervención, tratar de todos los aspectos de una estructura social tan compleja como la adolescencia que cambia de continuo en función de factores históricos, económicos, políticos, culturales, fisiológicos, sin olvidar el caso y los factores personales como los proyectos, las decisiones libres que tienen un peso considerable en la evolución de las personas.
No existe la adolescencia, existen jóvenes únicos, con su historia irrepetible. Un análisis correcto de la juventud tiene que salir de la comprensión de esos jóvenes concretos, antes de llegar al nivel abstracto de la adolescencia en general. Entre esos dos niveles existe el nivel intermedio de las categorías de jóvenes: de distintas clases sociales y etnias, de países y continentes diferentes, de varias épocas históricas, chicas y varones, estudiantes, trabajadores y desempleados, discapacitados y los así llamados “normales”, homo y heterosexuales, esclavos y libres, etc., etc...
Al final de una vida de estudios y de trabajo con los jóvenes me he formado la convicción de que la dimensión fundamental y universal de todas las adolescencias- juventudes no es fisiológica o psicológica, tipo la búsqueda de identidad, sino social: la adolescencia es estructuralmente una condición de violencia, de exclusión, de marginación.
Con el término de violencia, designo una acción u omisión intencional que provoca daños físicos, psíquicos, morales o económicos, o como violación de los derechos humanos o todavía como imposición a una persona de la voluntad de otra.
LAS SOCIEDADES SIN ADOLESCENCIA
Los estudios históricos sobre la creación y la evolución de la adolescencia hacen ver que ella está estructuralmente unida a profundas transformaciones socioeconómicas, políticas, culturales, ideológicas, que siempre se traducen por una parte, en la acumulación del poder y de la riqueza en las manos de minorías privilegiadas y por la otra, en el empobrecimiento, en la marginación, en la represión de enteras clases y categorías sociales. Históricamente, la adolescencia se forma como una de las muchas modalidades de las desigualdades e injusticias sociales. Los adolescentes son adultos marginados, personas cuyos derechos son pisoteados de manera sistemática y legal: el derecho a los recursos necesarios para una vida digna, a la habitación, a la participación socio-política, y a los otros derechos de los adultos.
Fisiológicamente e intelectualmente, los adolescentes son adultos: la pubertad transforma el cuerpo de la niña y del niño en cuerpo adulto, capaz de procrear. Y los estudios de Piaget y de otros autores indican que al inicio de la adolescencia las niñas y niños logran pensar como los adultos de su grupo social.
Numerosos son los ejemplos de sociedades sin adolescencia. Así, en Roma hasta el segundo siglo antes de Cristo, los niños de la clase patricia se volvían adultos, hacían parte de la milicia ciudadana, tenían los derechos políticos y podían volverse magistrados cuando se habían vuelto púberes.
En muchas sociedades tradicionales de hoy, como en la de BaMbuti, pueblo de pigmeos de África Central, no hay adolescencia. Después de la pubertad, ritos de iniciación introducen a las muchachas a la condición adulta mientras los varones alcanzan este estatus cuando logran tener relaciones sexuales con una mujer.
¿Cómo y por qué nace en un cierto momento de la historia de las sociedades una fase nueva de la existencia a la cual se le da el nombre de adolescencia o de juventud?
EL NACIMIENTO DE LA ADOLESCENCIA EN LA ROMA ANTIGUA
En la sociedad romana, esta fase es inventada en el curso del segundo siglo antes de Cristo, sucesivamente a profundos cambios en la estructura del sistema económico que se puede resumir de esta manera: extensión de latifundios y desarrollo completo de la esclavitud; formación de grandes capitales de origen financiero, comercial y usurario que provocan el acaparamiento de recursos por parte de una pequeña fracción de la población a daños de la otra.
Es en este contexto que nace la juventud. En el 193-192 antes de Cristo, es aprobada la lex plaetoria, acto de nacimiento de un nuevo grupo social que prácticamente prohibía a los hombres que no superaban los 25 años, disponer de sus bienes. Una decena de años más tarde, la lex Villia annalis limitaba la participación de los jóvenes en los cargos públicos. La madurez social, que antes se conseguía automáticamente con la pubertad, a partir del segundo siglo, se obtenía plenamente sólo después de los veinticinco años.
La juventud o adolescencia se estructura por esto como fase de subordinación, de marginación, de limitación de los derechos y de los recursos, de incapacidad de actuar como los adultos, como fase de semi-dependencia entre la niñez y la edad adulta.
Las leyes que sancionan jurídicamente la creación de una nueva clase de edad son presentadas como defensa de los jóvenes. La opresión, la violencia, son siempre racionalizadas, o sea, justificadas. La invención de la juventud, que crea la distinción-oposición jóvenes-adultos, sucede en el contexto del agravamiento de contrastes sociales entre las clases y entre géneros. En otras palabras, asistimos a una diferenciación de la sociedad en términos de clases, edades, sexo.
No conocemos las consecuencias psíquicas de esta falta de responsabilidad y de infantilización de la nueva clase de edad. Sólo sabemos que los jóvenes se lamentaban de no disponer de recursos y que no aceptaban sin reaccionar la marginación impuesta. Su rebelión se manifestó en las Bacanales, en las cuales algunos historiadores ven un encuentro de distintas corrientes de protesta social no sólo de los jóvenes, sino también de las mujeres mayormente excluidas y de otros grupos sociales marginados. La represión violenta de las Bacanales, justificada con el pretexto de eliminar las orgías, engaños, los delitos y la introducción de cultos extranjeros, no sería otra cosa que la respuesta política violenta del grupo dominante para consolidar sus injusticias y robos.
La violencia o la negación de los derechos humanos fundamentales caracterizan por esto la juventud desde su aparición histórica. Esta violencia se agrava con la evolución de las sociedades en la dirección de una creciente injusticia y desigualdad. Quisiera rápidamente ilustrar esta afirmación tratando del nacimiento de la adolescencia moderna en Europa y de su evolución en la sociedad mundial actual dominada por la globalización neoliberal.
LA CREACIÓN DE LA INFANCIA Y ADOLESCENCIA EN LA ÉPOCA INDUSTRIAL
Los jóvenes participaban en todas las actividades de los adultos, asistían a las tabernas, veían espectáculos licenciosos, gozaban de gran libertad, también sexual. Tenían un poco de recursos económicos derivados del trabajo. La vida en grupos no sumisos a los adultos era muy desarrollada.
A partir del siglo dieciséis, sucesivamente a un conjunto complejo de transformaciones socio-económicas y culturales, se forman en este período indiferenciado de la juventud, la adolescencia moderna y la infancia como periodo totalmente separado de la vida de los adultos. Sólo en la segunda mitad del siglo dieciocho, la adolescencia moderna se constituye en la clase burguesa y en el siglo siguiente se extiende a las otras clases en las sociedades industriales.
El factor fundamental de estos cambios es la industrialización, el inicio del capitalismo. La invasión de vuestro continente contribuyó mucho al desarrollo de este nuevo sistema económico. Hacen su aparición nuevas clases sociales: la burguesía que se apropia de gran parte de la riqueza a expensas del proletariado, formado por campesinos y artesanos que han perdido su oficio y van a trabajar en las fábricas.
La industrialización provoca una nueva organización del trabajo y de la sociedad, fundada en la explotación de los obreros y una desocupación de masa que tiene como consecuencia que muchos jóvenes, privados de su trabajo y de los recursos que derivan, regresan a vivir en la familia, en primer lugar las muchachas.
Para adaptarse a las nuevas formas de producción, la familia cambió profundamente. Antes era patriarcal, todos vivían en la finca y el lugar de la vida y del trabajo coincidía. Para poderse desplazar en los lugares donde había minas y fábricas, la familia se volvió nuclear, formada por sólo padres e hijos. Ahora, los jóvenes volvieron a vivir con su familia y perdieron la autonomía anterior. Así, se desarrollaron vínculos intensos de dependencia emocional hasta ahora desconocidos y que fueron objeto de los estudios psicoanalíticos y psicológicos.
La escuela, que acogía en los siglos precedentes personas de todas las edades, se especializó ahora por grupos de edades: los niños en la escuela primaria, los adolescentes en la secundaria. Para evitar las rebeliones de los jóvenes, la escuela adoptó un estilo militar: las órdenes eran impartidas con el pito, los estudiantes tenían que ponerse en fila y podían ser castigados con la prisión. El ideal propuesto al adolescente era el de la obediencia del soldado. Además, los jóvenes eran animados a practicar deporte de grupo, se daba importancia a las destrezas físicas, músculos, virilidad. El deporte segregaba a los varones del mundo de las mujeres, consideradas ahora como débiles, emotivas, inestables.
En la clase burguesa, también los grupos juveniles pierden progresivamente su autonomía y son sumisos a los adultos. En particular, el movimiento scout, creado por un general inglés, contribuirá a la formación de la adolescencia en la clase medio-burgués. Los jóvenes de las clases populares resistían al tentativo de hacerse someter en organizaciones cuyo objetivo era imponer la sumisión de su nueva condición.
De manera progresiva los niños y los jóvenes son reducidos a la dependencia: pierden la posibilidad de trabajar y son sometidos en la familia, la escuela, el tiempo libre. Además, su sexualidad es cruelmente reprimida, en particular la masturbación presentada como fuente de todos los males. La subordinación y la exclusión de los jóvenes se manifiestan en el sector económico, político y afectivo-sexual.
Naturalmente, los jóvenes no aceptaron este deterioramiento de su condición y aquellos de las clases privilegiadas se rebelaron sobre todo en las universidades. A veces, fue necesario enviar el ejército para reprimir las rebeliones estudiantiles.
Para hacer aceptar la subordinación de los niños y jóvenes, era necesario hacer creer que esta nueva condición de subordinación era natural y benéfica para ellos que tenían de esa manera, la posibilidad de prepararse para una mejor condición adulta. Al final del siglo XVIII inicia, en las sociedades industriales, la psicología como forma aparentemente no violenta de control social. La psicología de los adolescentes nace con la adolescencia como ciencia normativa que prescribe como deben ser los jóvenes normales. Para el más famoso representante de esta psicología, el estadounidense Stanley Hall, la adolescencia –período que para él se extiende desde los 12-13 hasta los 22-25 años de edad – es un segundo nacimiento, una crisis, una transformación inmediata y profunda provocada por la pubertad fisiológica, una renovación total y dramática de la personalidad. Es un período de agitaciones y de tempestades, de cambios continuos de humor, del despertar de la sexualidad, de aversión hacia la escuela y la familia. La adolescencia es determinada biológicamente y es dominada por fuerzas instintivas que deben poderse desahogar en un largo período en el cual el joven no debe ser empujado a comportarse como adulto porque es incapaz. En una época en la cual nacía la adolescencia bajo el influjo de la industrialización, St Hall daba una racionalización, una justificación ideológica de la dependencia impuesta a los jóvenes.
Muchos psicólogos contemporáneos no actúan de manera distinta cuando describen consecuencias de la marginalización de los jóvenes, como la falta de identidad o la rebelión, como si fueran características naturales de esta fase de la vida, favoreciendo de esta manera, la exclusión social de los jóvenes. Hall no hacía que describir como universales y eternos comportamientos de adolescentes de la clase burguesa que aceptaban la exclusión y dirigían hacia sí mismos, la agresividad derivada de la violación de sus derechos fundamentales.
Los jóvenes de las clases populares, que estaban obligados a trabajar, no aceptaban esta subordinación y continuaban comportándose de manera independiente. Para controlarlos fue inventada la noción de “delincuencia juvenil”, instituidos tribunales especiales y construidas cárceles y reformatorios. Otros jóvenes fueron encerrados en hospitales psiquiátricos, sometidos a electroshock. La rebelión de las mujeres fue curada a veces con la ablación de los ovarios sanos. Para los jóvenes fue suspendido el derecho de base de toda democracia, o sea, que una persona no puede ser arrestada, juzgada, castigada, encarcelada si no ha cometido un delito. Un joven podía ser juzgado y encarcelado sólo porque faltaba a la escuela, o fumaba, o frecuentaba malas compañías o sólo porque el padre lo pedía. Hasta este punto llegaba la violencia contra los jóvenes.
El desarrollo capitalista provocaba al mismo tiempo una fractura creciente entre las clases sociales, una mayor marginación de las mujeres, un saqueo de los países colonizados y estas formas múltiples de opresión se encontraban al interno de la clase de edad de los jóvenes.
La historia no se detiene en el siglo diecinueve. A mitad del siglo veinte, el capitalismo del consumo introduce una aparente liberalización: todo, inclusive el sexo, se vuelve mercancía de consumo. Y los jóvenes gozan de más libertad en la familia, en la escuela, en la sociedad en general. Pero este bienestar generalizado en los países ricos dura poco tiempo y ya en los años sesenta, los cambios sociales a nivel mundial, amenazan los intereses de sectores de las clases medias y provocan las contestaciones estudiantiles de esa época. Estaba ya iniciando la fase de globalización o mundialización del capitalismo que hoy estamos viviendo.
LA EXTREMA EXCLUSION DE LOS JÓVENES EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN CAPITALISTICA
Nuestra época está caracterizada por ingentes cambios socio-económicos que están transformando radicalmente la existencia de la humanidad, innovaciones tecnológicas y científicas cambian los modos de producción. Antes que nada, la automatización hace inútil la mayor parte de la fuerza de trabajo en la producción industrial, casi completamente confiada a las máquinas. Se prevé que dentro de treinta años, el 2% de la fuerza trabajo de hoy será suficiente para asegurar la actual producción industrial. Centenares de miles de puestos de trabajo pueden ser eliminados en sólo un mes, como sucedió en febrero del ’94 en las grandes empresas estadounidenses. Y esta tendencia parece irreversible: el trabajo está desapareciendo.
Los otros dos polos de lo que es llamada la tercera revolución industrial, son la informática y la comunicación con internet que en un cierto sentido, han abolido el espacio y el tiempo, permitiendo una comunicación instantánea de las informaciones. Los progresos espectaculares de la biogenética permiten clonar seres vivientes, curar enfermedades hereditarias, modificar genéticamente los productos alimenticios.
Pero estos progresos tecnológicos y científicos lejos de mejorar las condiciones de vida de la humanidad, son utilizados por las multinacionales y los países ricos para acumular la riqueza y el poder a daño de los países del Tercer Mundo, de las clases populares y de las categorías marginadas como las de los jóvenes y de las mujeres. Mientras hace cincuenta años el 90% de la riqueza provenía de actividades productivas y el 10% de actividades especulativas, hoy esta tendencia se ha revertido. La riqueza proviene cada vez más de las especulaciones financieras y de compraventas virtuales. En estos últimos tiempos las especulaciones del petróleo y de los víveres alimenticios, han empobrecido la mayor parte de la humanidad agravando todavía más el hambre en todos los países pobres del planeta.
La economía mundial del mercado que busca sólo el provecho y considera el planeta y los seres humanos como objetos útiles sólo cuando pueden crear ganancia, manifiesta cada vez más claramente ser un proyecto de muerte. Cada día, son gastados en armas y ejército, más de 3 mil millones de dólares (informe anual del Instituto Internacional para la Investigación sobre la paz 2007). Cada día mueren de hambre 35 mil personas y esta cifra aumentará notablemente con las especulaciones en los cereales.
En particular, los jóvenes son víctimas de este proyecto de muerte porque en América Latina la causa más frecuente de defunción entre los jóvenes y en particular de los varones de las clases populares, son los homicidios. Los poderosos están envenenando y destruyendo la tierra, nuestra Madre Tierra como la llaman los primeros habitantes de este continente.
Algunos dicen que estamos viviendo la tercera y más cruel guerra mundial, no más conducida con las armas, sino con la desocupación, la expoliación de los recursos de masas infinitas de personas. Y cuando es necesario a los propios intereses, las multinacionales y los países ricos no dudan desencadenar guerras devastadoras como la de Bush contra Irak, cuyo único objetivo era el control de los recursos petroleros.
Pero hoy nos interesa sobre todo hablar de la degradación continua de la condición de los jóvenes, sobre todo los de las clases populares, la desocupación de masa que les golpea, la explotación siempre mayor del trabajo, la disminución masiva del rédito, la carencia de alojamiento, la decadencia de la escuela, la violación sistemática de todos sus derechos. Según estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2007), un porcentaje importante de jóvenes latinoamericanos, que en algunos países supera el 30%, no trabajan ni estudian. Mi colaboradora y amiga Nora Habed analizará de manera más detallada la situación de los jóvenes de América Latina. Mi propósito es sobre todo poner en relieve que en el mundo actual, millones de jóvenes son totalmente marginados y privados de los derechos humanos y viven una situación de desesperación.
Para asegurar su dominación el imperialismo (es decir la alianza de las multinacionales y los países ricos) controlan no sólo la economía y la política sino también la cultura, las mentes, las ideas, los valores, de manera que los pobres piensen que su condición es natural y lo acepten. Los Estados Unidos posieden el 80% de las empresas que producen noticias. La colonización cultural se hace con la televisión, los medios de comunicación, la escuela, la cultura dominante.
Esta marginación comporta muchas consecuencias psicológicas negativas para los jóvenes como el sentido de no tener ningún valor porque las sociedades no los consideran como personas. La respuesta más común de los jóvenes a la exclusión que sufren es la creación de grupos que tienen todos una postura de hostilidad hacia la sociedad que lo margina. Más fuerte es la exclusión, mayor es la oposición de los grupos a la sociedad. Y hoy la exclusión es tal que muchos jóvenes no tienen nada más que perder. Sus bandas son cada vez más violentas.
América Central es un taller muy interesante de esta formación de bandas juveniles llamadas “maras”. Esas pandillas existían desde hace mucho tiempo sobre todo en las grandes ciudades, pero en los años ’90 se asiste a una transformación muy significativa cuando el gobierno de los Estados Unidos envió de manera violenta a sus países de origen, decenas de miles de jóvenes considerados como delincuentes. Muchos de ellos hacían parte de las maras “Salvatruchas” y de la “Dieciocho” que se habían formado según el modelo de las bases estadounidenses, muy organizadas y violentas.
En poco tiempo los jóvenes deportados que formaban parte de estas “maras”, lograron tomar el control de todas las bandas juveniles de estos países de América Central y forma ahora multinacionales presentes en los Estados Unidos, Honduras, El Salvador y Guatemala y se extiende a otros países latinoamericanos como Argentina y a países europeos como Italia e Inglaterra. Estos jóvenes demuestran una gran inteligencia y capacidad de organizarse en amplia escala y podrían ser una fuerza importante para una renovación de la sociedad si logran alejarse de los desvalores de las clases dominantes, su avidez de la riqueza y del poder y su violencia.
La política de los gobiernos hacia los grupos de jóvenes de la calle y las maras es casi sólo represiva. No intentan luchar contra las causas de la exclusión social que están en el origen de las maras, no intentan ofrecer una educación decente y un trabajo digno a las y los jóvenes de los medios populares oprimidos, no intentan redistribuir la riqueza del país entre todos sus habitantes. Los gobiernos defienden sólo los intereses de las clases dominantes y de las multinacionales.
La represión contra los jóvenes no respeta las leyes. Hay muchos encarcelamientos arbitrarios, violencia indiscriminada, los jóvenes son arrestados por la forma de vestir, por un tatuaje o por llevar el pelo largo. En muchos países, ser joven de las clases marginadas es un delito, como en Nicaragua en el tiempo de la dictadura de Somoza.
La represión contra los jóvenes de las pandillas asume el carácter inquietante de las ejecuciones extrajudiciales. Tan sólo en la capital de Guatemala, cada día cerca de quince jóvenes son asesinados. En los últimos años el número de esos asesinatos ha aumentado también en El Salvador y Honduras. La Procuraduría de los Derechos Humanos y varias organizaciones de derechos humanos documentaron que se está haciendo una limpieza social, es decir, la eliminación física de personas, sobre todo jóvenes varones de las clases populares considerados “delincuentes”.
Hoy nos encontramos en una encrucijada: o triunfa el proyecto de muerte del imperialismo o las masas populares serán capaces de construir una alternativa de vida. Pero la historia no ha terminado y hay muchas señales de esperanza como los movimientos autogestionados de jóvenes de todos los países de América Latina y del mundo, los movimientos indígenas y populares, los gobiernos de algunos países de este continente unidos contra el imperialismo.
Gérard Lutte